LA CASA DE MI ABUELA
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La casa de mi abuela tenía un gran portón rústico, pesado y antiguo con herrajes ornamentales.
Sus
techos altos contrastaban con el reducido espacio de algunas de sus
habitaciones, las paredes estaban empapeladas en colores alegres y de
formas geométricas.
La
casa de mi abuela era una casa alegre, de dos plantas, donde sus
puertas siempre estaban abiertas a todo el que allí quisiera pasar,
siempre había un lugar en la mesa para todo el mundo y sobre todo
alegría, aquella casa estaba llena de alegría. Con unos balconcillos en
la primera planta llenos de florecillas rojas y un gran patio en su
planta baja que era el sitio de juegos de los más pequeños y en el
centro un pozo de donde se sacaba agua y que siempre estaba tapado para
que sobre todo los niños no corriéramos peligro y pudieramos caer a él.
Recuerdo
haber pasado muchos veranos de mi infancia en aquella casa, durmiendo
junto a ella, yo tenia mi propia habitación en la planta baja que daba
al patio, con sus ventanas llenas de barrotes, pero reconozco que me
daba miedo dormir sola en aquella habitación, no solo por lo grande que
era, sino porque en el silencio de la noche podía oir murmullos, el
maullar de los gatos y el rugir del viento y eso me daba escalofrios,
así que al final, siempre salia corriendo a altas horas de la madrugada
y me acurrucaba en la cama de mi ya ya.
Aquella
casa antigua y grande tenia muchas puertas de madera que daban a las
diversas estancias de la casa, puertas que chirriaban al abrirlas y
cerrarlas, pero eso para mí las hacía especiales. Nunca se me olvidarán
aquellos veranos junto a mi ya ya, primos, tios y papás. Nos encantaba
levantarlos con el alba, íbamos a comprar ruedas de porras y churros,
y mi abuela se quedaba haciendo un chocolate rico y caliente, eran
nuestros desayunos preferidos, allí todos juntos, y hasta los amigos y
vecinos de mi abuela venian a tomar aquel chocolate. A la 1:00 de la
tarde nos íbamos a la Plaza de Colón a tomar el aperitivo, aquella
plaza era lugar de encuentro de los más pequeños, que tardes más
maravillosas pasé allí, y enfrente estaban los candiles con su puerta
de madera muy alta marrón, era una bodega de las que ya no quedan,
donde mi padre y tios se tomaban un chato, y nosotros un refresco
mientras nos preparaban las botellas de vino y casera para comer.
Allí
me sentia libre, no teniamos horarios, obligaciones ni
responsabilidades, simplemente disfrutábamos del verano en aquel pueblo
maravilloso del que guardo tan gratos recuerdos y al que vuelvo siempre
que el tiempo me lo permite.
Dicen
que las casas antiguas contienen fascinantes historias, yo viví muchas
en aquella casa, historias que guardo para mí, en mi corazón y que
siempre llevaré grabadas en mi memoria.
Aquella
casa ya no existe, la han remodelado y han hecho viviendas, pero aquel
portón de entrada sigue estando intacto, afortunadamente eso lo han
dejado allí y cada vez que vuelvo paso siempre por aquella casa y todos
aquellos recuerdos vuelven a resurgir en mi memoria.
¡¡
Gracias abuela, por habernos echo pasar aquellos veranos tan maravillosos
junto a tí en aquel lugar, nunca lo olvidaremos, te echamos de menos !!
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